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| Es un mundo duro éste en
el que nos movemos en la asistencia domiciliaria. Aquí no
hay concesiones, no hay tregua. Atender a una persona con un mayor
o menos grado de dependencia, no es fácil. Y al mismo tiempo
se puede decir que es realmente gratificante. La sonrisa de la persona
que atiendes, el momento en el que es capaz de transmitirte, de
una u otra forma, su instante de bienestar después de un
aseo o de un cambio postural, es muy de agradecer. Tener la posibilidad
de mantener comunicación con personas que han vivido mucho,
cada uno a su manera, nos da la oportunidad de abrirnos a unos recuerdos
que, a lo mejor, no son tan diferentes a los nuestros. Y eso, no
tiene precio. |
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- ¿crees en Dios? Me pregunta.
- no, le digo
- ¿Por qué no?
- Porque veo demasiadas injusticias que parecen no importar a nadie.
- Yo sí creo –me dice- aunque parezca que Dios me haya
abandonado.
Le miro, sólo mueve la cabeza. El resto de su cuerpo está
quieto desde hace años, tiene dolores y llagas. Le brillan
los ojos.
- ¡estoy cabreada! Dice para sí. Y mira hacia arriba. |
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| en un mundo frenético como
el de hoy los “ritmos lentos” parece que no tiene cabida.
Y, sin embargo, es hacia el que vamos todos, tarde o temprano. |
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| Jugaba, según me dicen,
estupendamente al ajedrez; hacía unos puzzles enormes, aficionada
a la lectura comprometida, con un serio criterio social, y…
ahora… es lenta, se distrae; simplemente, es anciana. |
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| Y nosotras, las personas que cotidianamente
estamos inmersas en esa vorágine que es nuestro día
a día, no tenemos el tiempo que ella necesita para hacerse
entender. Es una ironía y al mismo tiempo una incongruencia
ver cómo la vejez, a la que contamos todos llegar, no tiene
cabida en nuestras vidas. |
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